"Algo que nadie hizo" de Matías Aldaz (Las Afueras, 2026)
- 23 may
- 2 min de lectura
Por Cristina Solana
Algo que nadie hizo, del escritor argentino Matías Aldaz (El gran pez, 2025. Las afueras, 2026) cuenta la historia de Cesário, un carpintero que se instala en las afueras del pueblo donde vivía cuando lo desalojan para construir una presa. Él es el único que se queda, aunque muchos no quieran irse. Su resistencia hace intuir que probablemente algo más que sus calles y sus casas —como si eso no bastara— lo atan al lugar. No se mostrará rápido ni será evidente. Aldaz maneja con habilidad los silencios, dosifica con eficacia, deja muchos huecos al lector. Pero, más allá de “lo que ha ocurrido”, que quiero descubrir, desde las primeras páginas presiento que lo importante va a ser la atmósfera corpórea, fantasmal y poética, que Aldaz construye como experiencia lectora.
Un narrador en primera persona guía el relato sin seguir una línea temporal cronológica. Los recuerdos de Cesário y sus encuentros con otros personajes se ensamblan de forma natural con el presente. Aldaz utiliza una estructura narrativa fragmentada, que conecta bien con la estructura mental del recuerdo, que aparece a fogonazos. Los saltos temporales no frenan la lectura, al contrario, ayudan a atravesar su oscuridad, juegan a favor de que la historia avance lenta, densa, como las incursiones del protagonista en ese pueblo y sus fantasmas, porque esta novela nos habla de pérdidas y de cómo sobrevivirlas: “atravesar lo oscuro sin susto”, declara como un anhelo el protagonista.

El pueblo vaciado, como espejo de la vida vaciada y sus silencios. El páramo desierto donde instala su rodante ruinoso el protagonista, a un lado y, como contrapunto, ¿la necesidad de consuelo?
(…) me decía siempre que si no había árboles donde viviera tampoco iba a haber pájaros, ni sombra, pero que, sobre todo, lo que nunca iba a haber era consuelo.
La naturaleza habla en el relato. Cesário plantará un cambotá, un juazeiro, un curupí, un fresno, un pernambuco… La variedad de árboles, con sus nombres autóctonos, nos muestra también otro punto de singularidad y belleza de esta novela, distintas lenguas la enriquecen. El pueblo que Aldaz nos muestra lo habitan personajes llegados de otras tierras, la presa los obliga a un nuevo desarraigo. El juego con el lenguaje al servicio de la historia
Matías Aldaz nació en 1976 en Federación, una ciudad argentina de la provincia de Entre Ríos que a finales de los setenta vivió una relocalización forzada por la construcción de una presa, sus habitantes fueron ubicados en un nuevo emplazamiento. Con este disparador Aldaz teje un relato sobre memoria, pérdida y duelo y nos lo ofrece con su escritura que tiene algo de reto y mucho de estimulante y bella.




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